La mayor parte de los expertos en comercio internacional centran actualmente su atención en dos asuntos: el escaso dinamismo que dicho comercio registra desde la última crisis y las tensiones proteccionistas que se aprecian desde entonces, agravadas por el llamativo giro de la política comercial de Estados Unidos desde la llegada al poder de Donald Trump (Lobejón, 2017).

Ambas cuestiones se analizan habitualmente desde una perspectiva convencional, fundamentada en una visión teórica reduccionista en la que no se tienen en cuenta, entre otras cuestiones, las relaciones entre el comercio internacional y el medio ambiente. La toma en consideración de esas relaciones conduce a una interpretación distinta de ambos asuntos, y, en un sentido más general, a una nueva lectura de la trayectoria reciente tanto del comercio internacional como de la política comercial.

La inquietud provocada por la situación de virtual estancamiento del comercio internacional (alterada únicamente por el efímero rebote registrado tras su hundimiento y el dato aislado de 2018) surge de la habitual identificación de dicho comercio con un fenómeno de consecuencias inequívocamente positivas. Esta imagen del comercio internacional – muy extendida- se sustenta en una perspectiva teórica que se apoya en última instancia en las aportaciones realizadas por Adam Smith y David Ricardo en el siglo XVIII, a favor del aprovechamiento de las ventajas absolutas y de las ventajas comparativas, respectivamente. Sobre la base de esas contribuciones, la teoría pura del comercio internacional convencional se ha dedicado esencialmente desde entonces a refinar ese análisis y a refrendar su conclusión fundamental: la existencia de un beneficio neto para todos los países que participan en ese comercio, gracias al aumento de eficiencia generado por éste.

Esa misma conclusión constituye también el fundamento teórico del temor provocado por las tensiones proteccionistas que se observan en los últimos años. La política comercial auspiciada por la administración Trump puede considerarse la manifestación más evidente y una de las más recientes de esas tensiones (Lobejón, 2018). Todas ellas amenazan con limitar el avance del comercio internacional, con la consiguiente renuncia a las consecuencias positivas que, como se ha señalado, la corriente teórica dominante le atribuye a éste desde la época de los autores clásicos.

Las elegantes demostraciones que avalan lo anunciado por esa corriente requieren asumir hipótesis muy restrictivas. Como señalan cada vez más estudios y como han acabado reconociendo instituciones como la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, si esas hipótesis no se cumplen es muy difícil llegar a la conclusión de que, efectivamente, el comercio internacional beneficia a todos los países que participan en él (Carpintero, 2017; UNCTAD, 2018). Conviene tener presente que, en el marco ideal que resulta de esas hipótesis, los costes medioambientales simplemente no existen. La consideración de éstos obliga a modificar el punto de vista.

Ese cambio invita en concreto a tener en cuenta que, en un mundo cada vez más presionado por la gran dimensión adquirida por la actividad económica, el comercio internacional desempeña una función que no puede considerarse precisamente positiva. De hecho, en ese contexto se convierte en una herramienta clave para que los países que tienen mayor responsabilidad en esa presión (cuya huella ecológica supera su capacidad biológica), puedan captar recursos en otros países y canalizar hacia ellos sus residuos. A pesar de su relevancia y sus implicaciones, esta dinámica no forma parte de las cuestiones que son objeto de atención por parte de los análisis realizados desde un punto de vista convencional. Los que, escapando de esa perspectiva mayoritaria, han estudiado este tipo de fenómenos ponen de manifiesto que, efectivamente, el comercio internacional genera una desviación significativa entre los lugares en los que se produce el consumo y aquéllos en los que se ejerce el impacto sobre el medio ambiente. Los análisis más recientes, basados en la metología input-ouput, apuntan incluso a un aumento de esa desviación con el paso de los años (Wiedman y Lenzen, 2018; Woods et al., 2018). Este último resultado es consistente con la creciente participación en las transacciones internacionales de los países subdesarrollados, hacia los que se reorienta la presión medioambiental provocada por el consumo de las economías más ricas a través del comercio. El protagonismo adquirido por esos países subdesarrollados en los intercambios internacionales no sólo comporta consecuencias negativas para su propio entorno, sino que provoca, además, un impacto negativo a escala global. Conviene tener en cuenta en este sentido que la intensidad de su producción en recursos naturales supera la media mundial y que, además, su normativa medioambiental es, en términos generales, permisiva y su aplicación  está poco controlada.

Teniendo en cuenta todo lo que se ha señalado habría que reinterpretar el escaso crecimiento de los intercambios internacionales desde el estallido de la crisis. Su reducido dinamismo debe dejar de identificarse de forma mecánica con un sacrificio en términos de bienestar (como hace el pensamiento económico más convencional), y debería valorarse su contribución a la conservación al medio ambiente global.

El cambio de punto de vista tiene también consecuencias sobre la percepción de la política comercial. La posibilidad de que existan efectos medioambientales negativos ligados a los intercambios internacionales obliga a abandonar el apego a una política comercial decididamente librecambista, que prioriza el desarrollo de los intercambios, prácticamente al margen de cualquier otra consideración. Debería interpretarse en un sentido crítico, de acuerdo con este razonamiento, la dinámica que ha inspirado el funcionamiento del GATT desde 1947, a favor de una apertura comercial prácticamente sin matices y sin límites. El mismo juicio merecería, en general, la labor desempeñada por la OMC, que desde 1995 ha dado continuidad al trabajo desarrollado en el marco del GATT y ha contribuido a consolidar la primacía del comercio sobre la sostenibilidad. Así lo avalan, por ejemplo, las controvertidas decisiones adoptadas por su Entendimiento sobre Solución de Diferencias en contra de restricciones comerciales establecidas por algunos de sus países miembros con el objetivo de preservar especies protegidas o fomentar el uso de energías renovables (Lobejón, 2010). Merece una valoración aún más crítica la política comercial impulsada por los tratados comerciales de nueva generación, como el CETA o el frustrado TTIP, que aspiran a avanzar más allá de lo que nunca se ha hecho en materia de liberalización de las transacciones, acabando con cualquier obstáculo que se oponga al incremento de éstas, incluidos los que emanan de normativas nacionales cuyo objetivo es preservar el medio natural.

La política comercial del futuro debería eludir esa orientación, lo que no equivale, en cualquier caso, a defender enfrentamientos bilaterales o amenazas unilaterales que pueden acabar en escaladas proteccionistas indiscriminadas e incontroladas. Existen fórmulas interesantes, muy alejadas de ese tipo de comportamientos, sobre las que ya se ha debatido, o que incluso se han puesto en práctica. Una de esas fórmulas se basa en la inclusión de normativas en defensa del medio ambiente en los acuerdos de integración comercial suscritos al amparo del Artículo XXIV del GATT o del Artículo V del GATS. Se trata de una práctica bastante generalizada, con numerosas variantes, y que comenzó  a utilizarse en los años ochenta (Monteiro, 2016). Otro ejemplo, cuya utilización está mucho menos extendida, es la concesión de preferencias comerciales adicionales a los productos procedentes de países subdesarrollados que cumplan con unos estándares medioambientales mínimos (De Shutter, 2015). En cuanto a las iniciativas que se han discutido, pero sobre las que no existe experiencia práctica, destaca la posibilidad de alcanzar un acuerdo internacional que fomente los intercambios de bienes o servicios que promuevan la sostenibilidad, eliminando los obstáculos que actualmente limitan dichos intercambios (Baron y Garret, 2017). Caben asimismo otras opciones que también se han contemplado sin llegar a aplicarse, como la introducción de mecanismos de ajuste de carbono, que compensarían a través de la política comercial las diferencias entre los impuestos sobre las emisiones de CO2 que gravan la producción nacional y las importaciones (Sakai y Barret, 2016).

 

BARON, R. y GARRETT, Justine (2017): “Trade and Environment Interactions: Governance Issues”, Background paper for the 35th Round Table on Sustainable Development, OCDE, París.

CARPINTERO, O. (2017): “La economía ecológica y el análisis de la economía mundial”, en GÓMEZ, P. (Coord.) La economía mundial: enfoques críticos, FUHEM-La Catarata, Madrid, pág. 143-175.

DE SHUTTER, Olivier (2015): “Generalised Systems of Preferences: a tool to ensure linkage between access to markets and sustainable development” CRIDHO Working Paper, Nº, Lovaina, Universidad de Lovaina.

LOBEJÓN, L. F. (2010): “Más allá de la Ronda de Doha. El futuro de la OMC”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 112, pág. 81-88

LOBEJÓN, L. F. (2017): “Comercio internacional y política comercial. Los tiempos están cambiando”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, ISSN 1888-0576, Nº. 138, 2017, pág. 61-71.

LOBEJÓN, L.F. (2018): “De Ginebra a Doha y más allá. Siete décadas de evolución del régimen de relaciones comerciales internacionales”, en Martínez Serrano, J.A. (Coord.),  El gobierno de la globalización. A propósito del 70 aniversario del GATT, FUNCAS, Madrid.

MONTEIRO, J.A. (2016): “Typology of environment-related provisions in regional trade agreements”, WTO Staff Working Paper Nº 13, OMC, Ginebra.

SAKAI, Marco y BARRETT, John (2016): “Border carbon adjustments: Addressing emissions embodied in trade”, Energy Policy, 92, pág. 102–110.

UNCTAD (2018): Trade and Development Report 2018. Power, platforms and the free trade, Naciones Unidas, Ginebra y Nueva York.

WIEDMANN, Thomas y LENZEN, Manfred (2018): “Environmental and social footprints of international trade”, Nature Geoscience Vol.34, Nº 11, pág. 314–321.

WOOD, R. ET AL. (2018): “Growth in environmental footprints and environmental impacts embodied in trade resource efficiency indicators from EXIOBASE3”, Journal of Industrial Ecology, Vol. 22, Nº 3, pág. 553-564.

A %d blogueros les gusta esto: